
Decir que Alejo Carpentier es un gran escritor es tan obvio como decir que el rojo es rojo o que la mesa es mesa. Antes de leer El siglo de las luces había leído varios de sus libros: El arpa y la sombra, Los pasos perdidos, El reino de este mundo y Concierto barroco, pero creo que ninguno me ha gustado tanto como El siglo de las luces.
Creo que Carpentier tiene al menos dos grandes contribuciones a la literatura latinoamericana. Por un lado, la idea de lo “real maravilloso americano” y por el otro la reapropiación del barroco como parte fundamental de nuestra cultura americana. Ambos elementos se encuentran en El siglo de las luces, que narra la historia del francés Víctor Hughes, quien tiene un negocio en Puerto Príncipe, Haití, y que llega a La Habana luego de que su establecimiento es incendiado por un grupo de esclavos negros, anticipando así los hechos que décadas más tarde ocurrirían durante la revolución haitiana. Una vez en Cuba, Hughes se relaciona con los hermanos Sofía y Carlos y el primo de estos, Esteban, quienes se han quedado huérfanos, y viven en una enorme casa. La presencia de Hughes, que alterará el orden que hasta antes había tenido la casa, se verá interrumpida cuando éste debe escapar a Francia debido a que la corona española ha mandado capturar a masones y a todo aquel que tenga ideas revolucionarias, como el mismo Hughes, que a estas alturas del libro, se muestra como un liberal, y son estas mismas ideas las que se incubarán en Carlos, Sofía y Esteban, que a la larga es el único que, un poco por casualidad y un poco por deseo, termina por acompañar a Hughes a Francia. Aquí empieza otra novela: una de viajes, una novela de aventura, que lleva a los barcos a luchar por la posesión de los mares, en la que Hughes y Esteban recorren una Francia atravesada por la revolución de 1789, en donde Hughes adquiere poder político. Unos meses más tarde es enviado a Guadalupe, en donde instaura una política de terror. Hay varios momentos de la novela en que se señala que la libertad que tanto había pregonado la revolución francesa había terminado por convertirse en una guillotina. Esteban, coprotagonista del libro, es quien muestra su voz crítica a lo largo de la novela. Es él el que se desencanta con la manera como la revolución francesa quiere imponer sus ideales en tierras americanas, quien a la larga piensa que estos ideales, los liberales, se han trastocado hasta convertirse en excusas para asesinar a diestra y siniestra.
Interesante también resulta el hecho de que Víctor Hughes sea un personaje histórico, que en efecto estuvo involucrado en la revolución francesa pero del que, salvo un pequeño volumen que Carpentier cita al final del libro, no se han encargado los historiadores. De esta manera, Carpentier pareciera proponernos que a través de la literatura, más que gracias que a la historia, podemos tener acceso a la historia detrás de la historia, por decirlo de alguna manera. Vale la pena, y mucho, acercarse a los libros de Carpentier, especialmente a éste, que los sorprenderá desde las primeras líneas.